Partiendo desde el punto de vista que los suelos son un recurso no renovable, o finito como también se puede definir, se puede indicar que éste, es decir el suelo terrestre, viene sufriendo desde hace ya muchos años un proceso de degradación, el cual es producido por los altos niveles de contaminación que vive el planeta, lo cual se ha incrementado con el tiempo. 

En el caso del llamado nuevo continente, este lamentable suceso viene avanzando a grandes proporciones, afectando no sólo el suelo, sino que esto trae como consecuencia la disminución de la producción de alimentos, o que los que se estén produciendo no sean completamente sanos, afectando la salud de quienes no consumen. 

Es por ello que algunas naciones en América, sobre todo, han realizado políticas de estado en procura de frenar un poco la práctica de cultivos cuyos procesos de mantenimiento se han convertido, no solamente en foco de contaminación del ambiente, sino que han contribuido al cansancio de la tierra, reduciendo su condición natural para generar materia orgánica, convirtiéndola con el paso de los años, en desértica  e improductiva. 

Naciones suramericanas como las del altiplano, valga decir Perú y Bolivia, por nombrar solo algunas, son las que más están propensas a sufrir este tipo de contaminación de los suelos, ya que por años, se han producido deforestaciones para implantar cultivos, afectando, el aire, el agua y la biodiversidad de los sectores donde se implantan estos cultivos de alimentos. 

Es así como debe ser imperante una campaña de concienciación en América, y en todo el mundo sobre la necesidad de implementar y encontrar medidas que permitan mitigar la erosión de los suelos y su contaminación,  ya que el comportamiento de los seres humanos ha sido el principal promotor de esta situación y es hora de que se entienda que un suelo sano, es sinónimo de soberanía alimentaria, de  mayor calidad de vida del planeta y de quienes en él habitan.